Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

Finalmente

Finalmente amaban a alguien. Los dos eran tan iguales, que parecían la misma persona. Se contaban las verdades, generalmente después de la medianoche, como si fueran confesiones mortales a las que uno sobrevive o muere en un par de sentencias, de las que no se le cuentan a nadie, quizás ni a uno mismo. La gente generalmente no le muestra a alguien a quién está tratando de enamorar, sus lados oscuros; las veces que la cagaron, que traicionaron, que mintieron, que fueron mucho menos de la versión que le venden al espejo. Para ellos, decirse las verdades era un experimento radicalmente loco. Una especie de ruleta rusa del amor. Porque de alguna manera, ¿cuándo uno le cuenta a otro su peor versión? Y si el otro se queda y decide quererte, en realidad no es un acto de amor sino un acto de valentía que solo un loco comete. Y volviendo al hecho de que ellos eran tan iguales; quedarse con el otro era una oportunidad de darse una oportunidad a sí mismo, aún sabiendo que el otro a veces era una mierda. Una mierda como uno. Habían traicionado a cada persona con la que habían estado, para nunca traicionarse a ellos mismos. Ellos sabían quiénes eran, y como tal, sabían que terminarían lastimando al otro, solo era cuestión de tiempo. El problema era que traicionar al otro, por primera vez sería traicionarse a sí mismo. ¿Y después de eso qué? ¿A dónde uno va en la vida, y cómo? ¿A quién uno le cuenta sus mentiras cuando sus verdades se fueron con el amor del que se desterraron? Ellos sabían que uno de los dos partiría al otro. Pero se creían tan fuertes que parecían no tenerle miedo al otro, sino a si mismos.

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