Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

El brillo de sus labios

Hoy pasó por aquí. 

Nunca se fue del todo ya que siempre estuvo
aunque no supe de ella, aunque fuera su error,
aunque ese ascensor nunca volvió, aunque fuera mi tormenta enamorada,
nunca se fue del todo.

Lo que más me gustaba de ella era el brillo de sus labios 
o quizás su sonrisa sin inviernos, 
sus primeros destellos que anularon
mi lealtad y mi razón dentro de un abrazo.

Me enganchó como es olor que nunca se desprende 
como ese recuerdo que vuelve 
al choque de mis brasas con su viento
luego las estrellas donde descubrí la gravedad,
es atracción prohibida de dos cuerpos
y un delito, esos instantes donde fuimos verdad.

Sábanas de madrugada, los gatos en los tejados
y mis manos en su cintura,
a la deriva contra el rompeolas
de un océano que araña mi piel cuando la pienso sin vestido, 
sin aliento y con esa media mirada
que a media luz acarició 
mi distancia hasta su risa.

Un poema que se queda en los labios.  Como las gotas de lluvia de esa tormenta que te besa en abril, con rabia, como si supiera que a pesar de que de saber que llegaría, no quisiste coger paraguas. Tienta. Empapa. Cala. Todo lo que merece la pena  cala hondo. Me recuerda a una ola chocando contra la costa. Contándole al mundo lo que es de verdad el amor.

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