Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

Ojos que te vieron

¿Dónde poner la vista? Si levanto
el rostro, la mirada te apresura;
suspendida persistente en la impura
diafanidad sobre de mi llanto.


Si naufraga mi voz, el labio inicia
tu nombre sin cesar, y ahí germina
pues no soy sino sueño, lirio, ruina,
designio de tu lánguida caricia.


Desmayas en mis brazos y agoniza
tu casto amor de corazón en celo,
y lágrima y palabra son ceniza
cuando a tus ojos miro, porque un velo
de sombra a mí desciende y eterniza
la aspiración amarga de mi duelo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario