Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

El vampiro

Ruedan tus rizos lóbregos y gruesos 
por tus cándidas formas como un río, 
y esparzo en su raudal, crespo y sombrío, 
las rosas encendidas de mis besos.


En tanto que descojo los espesos 
anillos, siento el roce leve y frío 
de tu mano, y un largo calosfrío 
me recorre y penetra hasta los huesos.


Tus pupilas caóticas y hurañas 
destellan cuando escuchan el suspiro 
que sale desgarrando las entrañas,


y mientras yo agonizo, tú sedienta, 
finges un negro y pertinaz vampiro 
que de mi sangre ardiente se sustenta.

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