Caminaba por el bosque, cansado y desilusionado tirando de la rienda al caballo compañero de batallas, un veterano caballero. La armadura en su montura y solo cubierto con traje de paisano, su cota de malla y su magnífica espada.
Pensaba en las princesas y doncellas a quienes había defendido o protegido, las aldeas que había limpiado de malhechores.
Tantas aventuras en tantos años de servicios, cuantos corceles perdidos en el campo de batalla, cuantas armaduras abolladas y escuderos que fielmente lo acompañaron.
En su introspección pensaba en lo veleidosas que son las princesas, lo tímidas y temerosas las aldeanas, lo grandiosos y formidables combatientes que son los dragones .
Buscaba el camino al lago para refrescarse, siguiendo una vereda de tulipanes blancos que conforme se acercaba al lago se tornaban paulatinamente púrpuras.
El lago estaba resplandeciente, el agua fresca y la tarde espléndida. Después de lavarse cara, torso y manos, bebió un poco agua y buscó un árbol para recostarse.
En otra parte del lago, un hada sentada en una roca, siempre vestida de púrpura y con una mirada espectacularmente café, se encontraba pensativa, se sentía abandonada por el amor. No entendía porque no lo había encontrado, además estaba desilusionada de los hombres, odiaba sus mentiras, no las toleraba, sin embargo no se daba por vencida, algo en corazón le decía que estaba cerca de conseguirlo sin saber a ciencia cierta por qué.
Esta en sus cavilaciones cuando se percató que cerca de ella había un imponente caballo pastando apaciblemente y decidió volar hacia el, en le trayecto vio al caballero recostado sobre la hierba aparentemente dormido, cuando al momento de detener el vuelo, el caballero desenfundó su espada apuntando hacia ella, sus miradas se cruzaron al momento y ambos se paralizaron.
Ella no sentía miedo, el quedó impactado por la mirada del hada, ambos tenían el pulso acelerado, había tensión y curiosidad en el ambiente.
El caballero enfundó la espada, el hada se sentó a su lado, no muy cerca, no muy lejos, viendo curiosa a los ojos al caballero.
-¿Quién eres? Preguntó curioso el caballero.
-El Hada del Bosque, algunos también me conocen como el Hada Púrpura. Respondió con desenfado.
Al decir lo anterior el bosque cambio sus tonalidades a un púrpura suave que hacía resplandecer el lago.
-¿Qué haces en este lugar dónde nadie viene? Interrogó el hada un tanto molesta con el intruso.
buscaba un lugar para meditar y descansar.
-¿A dormir le llamas meditar? Burlona contestó.
--De haber estado dormido no hubiera advertido tu presencia, ¿no crees?
Ella tuvo que aceptar que el campeador tenía razón.
-No eres bienvenido en mi casa. Dijo ella con suavidad pero con firmeza, deseando fervientemente que él la contradijera.
-Lamento haberle contrariado, me marcho ya mismo. Contestó levantando sus arreos y dirigiéndose hacia su corcel que seguía pastando indiferente. El bosque perdió el tono púrpura y poco a poco se tornaba gris.
-Espera, se acerca el crepúsculo y rápidamente la noche. ¿Dónde dormirás?
-Lejos de aquí seguramente. No deseo incomodarte.
-Espera, no quiero ser descortés, en aquella orilla del lago hay una vieja cabaña, si no te incomoda puedes pasar esta noche ahí. Dijo amablemente y un tanto coqueta.
El bosque tenía reflejos amarillos, naranjas y oro, el crepúsculo estaba cerca y el caballero notando esos cambios ponía más atención al hada, no entendia que pasaba entre ella y el bosque.
Lo que él no sabía, es que el bosque cambiaba sus tonalidades de acuerdo con el sentimiento que tenía el hada en el momento:
Los oscuros para cuando estaba triste.
Rojo fuego cuando se enojaba.
Amarillo y oro cuando la alegría aparecía.
Rosa cuando se sentía romántica.
Azul cuando pensaba.
Lavanda cuando el amor la envolvía.
Púrpura era su estado habitual.
El lago hacía que tales colores resplandecieran, especialmente de noche.
El hada lo guió hacia la cabaña y a su paso brotaban tulipanes púrpuras para desaparecer segundos después que ella pasara. Ella volaba lento para que la pudiera seguir con un trote muy ligero. A ratos ella volteaba para hacer coincidir sus miradas cada vez con más frecuencia. Había algo en el ambiente que que se sentía bien, ese hombre no le aburría, le inspiraba confianza y seguridad pero al ver algunos tulipanes amarillos se sonrojó.
Por su parte el caballero nunca había visto un hada, pensaba que no existían y creía que era otra forma de llamar a las brujas, de la cuales, su espada ya había tomado cuenta de algunas. Sin embargo, estaba tranquilo y confiado, no podía quitarle la vista al hada de piel morena y sobre todo a esa mirada espectacularmente café que lo tenía atrapado.
La cabaña no era grande, vieja pero estaba bien cuidada. Un porche cubierto por bugambilias con una banca que daba al lago. Adentro una chimenea, un horno de leña, una pequeña mesa y en una cama de buenas dimensiones acondicionada adecuadamente. En la parte posterior un coberrizo adecuado para su corcel.
-Puedes dormir aquí, acomoda ahí tu armadura y espada, aquí no hay guerra y no las necesitas.
Así lo hizo, pero mantuvo la daga que sienpre llevaba en el cinto, un guerrero veterano, nunca se queda totalmente desarmado. El hada lo notó, pero no dijo nada.
Al terminar de acomodar sus armas, armadura, yelmo y la cota de malla y un calor lo envolvió. Al girar en su sitio vio la chimenea encendida y sobre la mesa una vianda de carnes frías, queso y vino. Lo que más le impactó fue ver al hada a un lado de la mesa sin sus alas y del tamaño normal de una mujer, sin su corona de flores sobre la cabeza su cabello suelto y esa mirada que lo penetraba sin saber a ciencia cierta por qué.
Ella lo invitó a cenar, el le sirvió el vino, al principio ella se negó, pero al ver como el interior se tornaba amarillo y oro cedió.
-¿Qué hace un hada? Pregunto con curiosidad.
-Atender a este caballero. Contestó sarcástica sin poder una risita sutil.
-Por favor, lo pregunto con sinceridad, nunca pensé que existieran. Insistió.
Somos muchas y de diferentes tipos, cada una con dones especiales, en mi caso cuido de este bosque; su flora y fauna. Lo hago florecer, perdurar y alimentos a todos sus habitantes. No permito que ningún humano entre, oculto el bosque a sus ojos
-¡Entonces son brujas! Casi gritó como si hubiera acertado en su sentir.
-No humanito. Dijo entre fastidiada y aburrida tratando de recordarle la naturaleza mortal de donde él provenía. Las brujas son mujeres que practican hechizos, nosotras nacemos con un don, somos hijas de la naturaleza a quien protegemos.
Al caballero le pareció suficiente la respuesta y se distrajo por un resplandor que apareció en el lago. Caminó hacia el porche seguido del hada y contemplo absorto el reflejo de la luna en el lago, quedándose paralizado ante la bella imagen volteó a mirar al hada:
-No, los hechizos no están en mis dones y hasta dónde sé no existe un don tal en alguna otra hada. Dijo el hada tornándose todo color de rosa.
Lo miraba embelesado con la luna de tal manera que tuvo el impulso de abrazarlo, sin embargo se contuvo. Recordó las veces en que fue traicionada. Ël sabía que ella lo observaba, ejercía una mágica atracción sobre él. Dio un sorbo a su copa de vino, ella tomó un sorbo de la misma copa, que sujeto con ambas manos, incluida la mano del caballero. Una corriente interior los estremeció simultáneamente y sorprendidos se miraron fijamente, largo rato, sin reparos, libremente, iluminados por la luz de la luna, el bosque se tornaba de un rosa suave.
Ella fue por la botella de vino mientras él la observaba, no le apartó a vista hasta que ella volvió, lo invitó a sentarse en un tronco caído, sirvió más vino, ambos bebían de la misma copa.
-¿Cómo te llamas? Preguntó el Hada.
-Soleil. ¿Y tú?
-Amaris.
Por vez primera se sonrieron, el ambiente cambiaba de de rosa tenue, tonalidades lavanda ocasionalmente. Soleil no entendía porque los cambios de tonalidades, solo Amaris sabía que estaba sucediendo y no lo podía creer.
Se sonreían sin dejar de mirarse, sin pronunciar palabra, bajo la luz de la luna que el lago engrandecía. Ella rompió el silencio.
-Soleil, por favor no te vayas mañana, le dijo casi como súplica y tomando su mano.
La miro con gran ternura, posó su otra mano sobre la de ella, las tonalidades se volvieron lavanda, diciendo:
-Gracias Amaris, no quiero irme.
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