Siempre supe que tarde o temprano volvería a ese mismo lugar donde alguna vez le prometí quererla para siempre. Aquella noche las nubes grises enmascaraban la luna y el frío calaba los huesos. Le dije que la quería y ella me preguntó hasta dónde. «Sólo puedo decirte que desde donde te quiero hay vistas hermosas», y luego la miré a los ojos. No mentía. No. No mentía. Yo de ella siempre vi el lado mas bonito. Cuando se desnudaba, su cuerpo se convertía en luz. Sentía su piel y su calor y sabía qué, si otros se enteraban de mi fortuna, me convertiría en el hombre mas envidiado de todos. He vuelto a ese lugar. Su perfume aun flota en el aire y en las sábanas se encuentra la forma que haría su cuerpo si hubiese estado aquí todavía. Hoy vivir de recuerdos resulta doloroso, pero en aquel momento no tenía idea de que algo tan bonito fuera a convertirse en eso: recuerdos, momentos que no regresarían nunca. Ella durmió en mi pecho pasada la medianoche, y me preguntó si iba a quererla cuando despertara. «Te voy a querer siempre», le dije. Y luego sonrió. La abracé con esa delicadeza desesperante de los amores que se confiesan a flor de piel.
Hoy la sigo queriendo, es cierto. En eso tampoco he mentido. La quise después, al despertarse, y aun cuando no me lo preguntaba ni se lo decía. La quería tragándome las palabras y dejándola a solas, entregándole mi tiempo, haciendo que los días fueran bonitos para ella. La quise de todas esas formas y no creo haber hecho mal las cosas. Ojala hubiese algún modo de hacer que ciertas personas regresen a nuestra vida. Es domingo y por eso escribo esto. La amé un domingo, se fue un domingo y los domingos la extraño más que cualquier otro día. El «siempre» para mi aún tiene vigencia. La quiero y no sé como hacer para que lo entienda estando tan lejos.
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