Ella era preciosa. Le gustaba caminar sobre las hojas secas que el otoño dejaba a su paso, disfrutaba pasear bajo la lluvia y escuchar canciones frente a la ventana mientras contemplaba las gotas resbalar en los cristales. Era una chica culta; leía y a veces escribía, conocía muchas cosas. En ocasiones cantaba y la sorprendía imitando a su cantante favorita en su habitación, frente al espejo, utilizando el peine como micrófono. Luego fingía molestarse; tenía una manera muy bonita de odiarme. Hacíamos las paces mientras la abrazaba por la espalda y le besaba el cuello, y nos poníamos a jugar como si fuésemos niños.
Cuando se miraba al espejo me daba cuenta de lo mucho que se amaba a sí misma, por cómo cuidaba su cuerpo. Eso, si cabe, la hacía mas atractiva. No era de muchos adornos, tenía un estilo simple para vestir y verse como si hubiera tardado horas en el tocador. Era preciosa, lo digo porque eran tantas cosas suyas que me volvían loco: su sonrisa, sus ojos, aquella tez singular, aquellos lunares que nunca terminé de contar, la manera en que se sonrojaba y se ocultaba detrás de un libro cuando le recordaba lo preciosa que me parecía si se ponía a leer.
Y su manera de comportarse. No pueden ni imaginar lo afortunado que me sentía al saber que a mi lado era ella misma, sin máscaras; una chica con miedos, sueños y tantas cosas bonitas que ofrecerle al mundo; una chica que sabía cuanto valía pero que a veces necesitaba que se lo recordaran. Ese era mi papel favorito. Las tardes de invierno a su lado eran perfectas, cuando la soledad llegaba tarde y, al mirarla, se iba a destrozar vidas a otra parte. Así aprendí que los sueños mas bonitos también pueden hacerse realidad. Aquel tiempo con ella, aunque corto, fue hermoso, único, y se convirtió en irreemplazable.
🙂🙃🥰
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