Aquella tarde tú y yo nos quedamos callados. No hubo palabras, solo un roce de miradas, como si le estuviésemos buscando forma a un pensamiento que se desvanecía. Yo sabía que era la última vez que íbamos a vernos, no puedo explicar por qué, solo lo supe. Cuando vi a través de la ventana, el cielo no estaba gris, y otra vez me quedé callado. La esperanza, sea cualquier forma en la que exista, debe reírse de mi cada vez que digo que vuelvo a creer en ella. Tus labios, como nubes en el cielo, tenían forma de todas las cosas que uno desea en silencio, pero no me atreví a decirlo, solo lo pensé. Adonde van, me pregunto, las palabras correctas, el tiempo perdido, la oportunidad que se otorga. Si contigo me parecía tenerlo todo, ahora que no estas no es que yo me haya quedado vacío, sino que he perdido de vista el saber como volver a ser feliz sin las cosas que ahora me faltan. Echarte de menos es uno de esos dolores que me gusta tener de vez en cuando, no es que sea algo completamente inconsciente; de hecho, la decisión de atarme la soga al cuello tantas veces como pueda, es completamente mía. Yo soy quien, al final, termina cantando la canción, pero eres tú quien suena de fondo.
Aquella vez no supe qué decirte, simplemente te miré y en aquel vacío tampoco había palabras, solo una inmensa incógnita. De si nos volveremos a ver; si no es mañana ni pasado, cuando; si no es aquí ni en aquel parque, dónde. Una duda que me quitaba el aire. Únicamente atiné a decirte lo que en casos de emergencia siempre me queda: «Voy a echarte de menos». Luego nos fuimos. Cuando volví a mirar el cielo, si estaba gris, y entonces recordé mis palabras. Iba a echarte de menos, solo que, esta vez, no supe cuanto iba a dolerme.
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