Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

ERA AMOR

Y claro que era amor, era amor el escribirte, el hacer de mi corazón un brote de tinta y usarlo para darle forma a lo que sentía. Era amor el estar agradecido con que existieras. Era amor el pasar horas esperándote, el haber cancelado citas por ti, el haberme dicho a mí mismo que me diera una oportunidad contigo porque tal vez tú sí eras la correcta. Era amor la ilusión, el desapego de lo emocional, el quererte sabiendo lo que hacía y el exigirme quererte más. Era amor buscarte en mis sueños, y el no querer despertar si lo lograba. Era amor darte vida en lo que escribía y escribir porque quería contarle al resto que alguien vino a pintar un arcoíris delante de mi ventana. Era amor por la forma y el fondo. Porque nos queríamos y supimos hacerlo, al menos durante un tiempo. Era amor creer que existía un «para siempre» o un «quizá» a la misma distancia que nuestras oportunidades. Era amor pensarte, y el hablarles a mis amigos de ti. Era amor dedicarte la mitad de mi alma aunque sólo tuviera una, y aunque la otra mitad ya no me sirviera de mucho. 

Era amor querer ser valiente, haber querido luchar, pretender que si lo lograba tú serías tan feliz como yo. Era amor que, cuando veía la lluvia caer, no pensara en otra cosa que preparar un té caliente para mirar juntos las gotas tras la ventana. Era amor no querer pasar las noches a solas, no dejarte con frío o querer consentirte de vez en cuando. Era amor desear que sonrieras, que me eches de menos de vez en cuando, que malinterpretes mis despedidas y te quedaras a ver cómo me brillan los ojos cuando me doy cuenta de que no te has ido. No sabré muchas cosas pero siempre tuve la certeza de que eso era amor. Lo era de sobra. Y tú también lo sabías. 

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