Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

CASUALIDAD

La conocí por casualidad cuando me habló en mitad de la calle. A mí, a un completo desconocido, al que le sirven en bandeja de plata las ilusiones que va a tragarse. Siempre he pensado que las casualidades esconden algo de intención, así que cuando la vi intenté descifrar en sus ojos alguna señal o uno que otro indicio de lo que quería en verdad conmigo. La escuché. Su voz sonaba a todas mis canciones favoritas. Y al mirar su boca yo imaginaba entonces estar aprendiéndome los acordes que harían sonar su risa. «¿Cómo reirán los ángeles? —no dejaba de preguntarme—. Tengo ganas de averiguarlo». Y entonces caminamos, como si fuésemos esos amigos que se reencuentran después de haberse separado durante un tiempo. Cancelé mis planes con otras personas, conocí varias calles de camino a su casa. Le hablé de tantas cosas que tenían que ver con la poesía y entonces esbozó una sonrisa. Al verla así lo supe. Supe que iba a enamorarme de aquel eclipse que le nacía en la boca cada vez que lo mirase. Supe que el amor se escondía en sus manos y en su voz, y que todo este tiempo había estado buscando en el lugar equivocado. Quedamos en vernos otro día y, cuando miré al cielo, por primera vez sentí que me estaba sonriendo. Fue entonces cuando entendí que las casualidades también son destinos. Y que nuestro destino fue encontrarnos por casualidad.

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