Te veías preciosa frente al espejo, y aún mejor frente a mis ojos. Te veías preciosa con aquella falda de rayas y ese abrigo que no usabas mucho. Preciosa desnuda, preciosa con los sueños en marcha, con los ojos abiertos y el mundo a la espalda; preciosa en mitad de la nada, preciosa conmigo, sin mí. Me gustaba la astucia con la que acababas con mi malhumor, simplemente sonriendo. Parecías ser inconsciente sobre tus encantos, y si hubo algo que no me gustó de ti fue tu inseguridad, que se parecía más a un autodesprecio. Aun así, eras preciosa. Aquella fue mi palabra favorita durante mucho tiempo. Si te enojabas o reías a carcajadas, o si te inventabas historias y tenías miedo. Preciosa. Merodeando entre los recuerdos, surcando caminos en mi interior, mirándome como se mira un milagro. Preciosa. Siendo linda, siendo niña, siendo mujer. Preciosa. Antes de ti, esa palabra ya existía, pero no fue sino hasta que te conocí que pude comprender cuánto significado realmente encierra.
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