Quien haya dicho que hay palabras
que se atoran en la garganta
claramente no conocía
el llanto que nace en los ojos
y termina en las manos.
El llanto en los ojos
por contemplarte sabiendo que no te tenía,
y el llanto en las manos
por tocarte sin poder poseerte completa.
Traías la amenaza desde el principio,
pero fui yo el que te quiso
aun sabiendo del dolor que ibas a causarme.
Quererte como si fueses para siempre,
cuando lo único eterno que existe
es la crueldad con la que el tiempo
baraja las piezas de nuestro destino.
Tú me buscaste por todas partes
y me encontraste donde menos esperabas:
en ti misma, en tus anocheceres,
tus caminos angostos, tus pasos frágiles,
porque comencé siendo tu duda,
tus preguntas sin respuesta, tus rezos de madrugada,
el sinsabor de tus suspiros, el petricor de tus otoños.
Subiste la marea de mis playas
y después fui yo quien te encontró entre sus rutinas
escapadas de los planes que nunca fueron planes
si no estabas tú en ellos;
te encontré entre mis huellas:
las del pasado, esas que borrabas para poner las tuyas;
te encontré en el viento
cuando me traía todas las palabras que escondiste en un suspiro.
Ya ves que tarde o temprano todo se sabe,
que no existe secreto bajo este cielo de plomo.
Y así supe también que nunca
fue tu intención forjar mi futuro,
nunca quisiste quererme más
de lo que yo comenzaba a quererte,
nunca me viste más que como una
silueta etérea, a quien besabas cuando querías,
pero a quien dejabas al minuto por temor
a convertirte en la dueña absoluta de su boca.
¿Cuánto miedo le tuviste a enamorarte?
¿Tanto daño te hicieron
como para que te hayas negado a entregarte
a un alma que estaba dispuesta
a duplicar el cariño que le darías?
Me ofreciste un amor esquivo,
unos abrazos fríos por tanta ausencia de alguien,
una sonrisa triste por la constante presencia de otro.
Será por eso que convine en asesinarte,
en estampar tu recuerdo en las vías de mi vida
para que el tren del olvido triture tus formas,
te haga trizas y fragmente en cien mil piezas
toda la vida que soñé y quise cumplir a tu lado.
Es mi crimen perfecto y no pienso pedir perdón nunca,
no pienso confesar nada, ni desmentir tampoco
porque el olvido nunca fue mi arma para hacer daño,
sino para protegerme a mí mismo.
Olvidarte, matarte, hundirte, hacer que no existas.
Con ese odio visceral que causa la impotencia,
con ese amor irracional que me pide rescatarte.
Pero he quemado también esa casa que soñamos,
hay cenizas de nuestras fotografías en los pasillos,
los bosques ahora son desiertos áridos,
las ciudades se han convertido
en escenarios post apocalípticos
y yo...
yo también me he olvidado del que fui contigo,
me he muerto y enterrado
a tres metros bajo indiferencia.
Y así como te olvido y me olvido,
también sé que soy lo suficientemente débil
como para alimentarme de recuerdos,
por eso me traicionaré tarde o temprano,
me vengaré de mí mismo y te buscaré
para quererte más allá de la muerte
por no haber sabido nunca
querernos en la plenitud de la vida.
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