Hay un instante en el que el alma se desprende, como hoja seca que el viento decide llevarse sin permiso. No es un acto de olvido, sino de liberación; un paso firme hacia el horizonte donde el pasado se vuelve sombra y el futuro, un lienzo en blanco. Marcharse sin mirar atrás es un acto de valentía silenciosa, un susurro que se niega a ser grito, una despedida que no busca retorno.
El camino se extiende, infinito y callado, y cada paso es un latido que se aleja del eco de lo que fue. No hay cadenas que aten, ni miradas que retengan; solo el pulso constante de un corazón que sabe que la vida no se detiene en las ruinas, sino que se construye en la marcha. La nostalgia puede asomarse, pero no se permite anidar; es un visitante fugaz que se despide con un leve adiós.
Marcharse sin mirar atrás es renacer en la incertidumbre, es abrazar el vértigo del cambio sin miedo a caer. Es entender que el verdadero viaje no está en el destino, sino en la decisión de avanzar, en la fuerza de soltar lo que pesa y en la esperanza que se enciende con cada paso nuevo. Porque a veces, la única forma de encontrarse es perderse en el camino, sin volver la vista, sin buscar respuestas en el reflejo de lo que quedó atrás.
Y así, con la mirada fija en el porvenir, se camina. Se marcha. Se vive.
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