Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

DORMIR EN PAZ

El día se deshace como un terrón de azúcar en la taza de la noche, dejando atrás el rastro amargo de las prisas. Cerrar los ojos no es una huida, sino un regreso. Bajo el peso de las mantas, el cuerpo recupera su condición de isla; se olvidan los nombres, las deudas de tiempo y el eco metálico de la ciudad.

Dormir en paz es permitir que la respiración dicte su propio ritmo, un oleaje suave que lija las aristas de las preocupaciones hasta dejarlas suaves como guijarros de río. No hay centinelas en la puerta del pensamiento, solo una penumbra cálida donde el "yo" se disuelve. La almohada deja de ser un objeto para convertirse en un confín, el límite exacto donde termina el esfuerzo y comienza la entrega.

En ese silencio sagrado, el alma se descalza. No hay nada que defender, nada que demostrar. El sueño llega como un animal manso que nos reconoce y se echa a nuestro lado, recordándonos que, al menos por unas horas, el mundo puede seguir girando sin nuestra ayuda.

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