Supongo que todos nos vamos. Y yo, que he pasado varios años de mi vida desgranando mi alma en palabras para tratar de saborear un ápice de esa eternidad que promete siempre la literatura, también tengo mi fecha de caducidad y me acabaré irremediablemente. Me convertiré en un instante que pasa y se pierde para siempre. Me iré apagando poco a poco, primero de las miradas de las personas que amé, luego de su presencia y, finalmente, de sus recuerdos. No habrá nadie que hable de mi el día de mañana, ni quien les ponga mi nombre a las canciones. No contarán mi historia, ni verán mi rostro en alguna revista vieja que, empolvada, yace en el rincón de algún armario cerrado con llave. Me iré para siempre, casi al mismo estilo que he pasado viviendo: en silencio y a escondidas, como un fugitivo en permanente escape, siendo un anónimo en las plazas, una sombra en los portales, mercenario de palabras que duerme bajo puentes forjados de sueños ajenos. Seré el tren que se aleja, vacío, hacia las tierras de nadie.
No me echarán de menos, no llorarán mi ausencia. Y tampoco tendrían por qué hacerlo, pues, al final, todos nos vamos de ese modo, algunos más rápido que otros, pero todos terminamos absorbidos por ese olvido que nos condena a la ignorancia en el pensamiento del resto, y nos convierte en simples fantasmas que en algún momento tuvieron la oportunidad de brillar y cuya luz hace tiempo que se ha apagado.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario