La sabiduría con la que empuñas tu inocencia
es tal y de tal fuego que estalla mi presencia,
ya no estoy, y sólo queda tu mirada,
las ventanas móviles, sin persianas,
a tu alma cierran; de las mías
se escapa un mirlo y mil versos
que te gritan, tumbados y borrachos,
que terminan desconsolándose a ellos mismos,
que sueñan con contarte, con acercarse
con palabras, a lo que eres de la luna:
reina, receptora de sus rayos impropios que te bañan
la piel blanca que vistes sin sotana.
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