Yo no te olvido, habitas en un lugar donde nadie puede tocarte, donde nadie sabe que existes, donde nadie puede herirte, ni yo con mi olvido, ni tú con tu ausencia.
Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.
CAE LA NOCHE
Cae la noche, y el mundo se aquieta en un suspiro largo, como si el día, exhausto de tanto alzar voces y prisas, se rindiera al abrazo del silencio. Las luces de la ciudad parpadean lejanas, estrellas caídas en el asfalto, mientras el cielo se tiñe de un azul profundo, ese azul que guarda los secretos de los olvidados. Llega la paz, no con fanfarrias ni promesas ruidosas, sino en el roce sutil de la brisa que acaricia las hojas, en el rumor apagado de un río que sueña con el mar. El corazón, que latía como tambor de guerra, se detiene en su furia; las sombras se alargan, pero no para asustar, sino para envolver, como madres que acunan a sus hijos en la penumbra. Y en esa quietud, el alma respira hondo, encuentra su centro en la nada, y por fin, duerme el peso del ayer. Cae la noche, y con ella, la paz que siempre estuvo ahí, esperando.
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