Estaban los dos sentados en un banco de una plaza, bajo el resguardo de la sombra.
Con la cabeza reposando en el cuello de la muchacha y ella apoyándole su mejilla, él dijo suavemente:
—Si tuviera una máquina del tiempo, volvería siempre acá. A este momento.
Ella sonrió, pero un temor le comenzó a surgir dentro.
Nunca se había imaginado que podía causar algo así en alguien. ¿Cómo se suponía que eso podría suceder? ¿Ella? ¿Pudiendo querer?
El miedo iba brotando, intoxicando de a poco cada uno de sus pensamientos. ¿Estaba bien? Nunca se consideró suficiente para nadie. ¿Podía realmente corresponderle?
Se encontró de nuevo a punto de ahogarse en el mar de dudas y preguntas que siempre había tenido.
Hasta que él la miró a los ojos y exclamó:
—Vos sí sos para mí.
Y de un beso, mató a todos sus fantasmas.
Y ella con otro, calmó su tormenta.
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