Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

Noche y día

Ella era de la noche, y cada vez que me quedaba dormido, me confesaba todo lo que el sol no le dejaba decirme a los ojos. Y entre penumbras, le daba permiso a su boca para susurrar su amor de luna, dejando que sus manos recorrieran mis sombras, como si mi piel dormida no fuese testigo de sus caricias. Yo, en cambio, era del día. Y cuando despertaba todavía la sentía, como si entre sueños me hubiese confesado que me quería. Entonces la contemplaba dormida, esperando a que despertara y su mirada me confirmara que el sueño era cierto, que los besos que mi piel me contaba no eran solo sombras de un recuerdo. 

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