Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

Le dije...

Le dije que quería escribirle un poema, y ella sonrió. Me quedé pasmado al ver la facilidad con la que ella hacía poesía, así, solo con una sonrisa. ¿Y qué me quedaba por escribir? Si ella todo lo hacía con sus gestos, con sus ojos, con sus manos. Yo me creía poeta, ella me hizo sentir pequeño y grande a la vez. Pequeño por sentirme incapaz de escribir algo que se igualara a su sonrisa, y grande por tener el privilegio de verla crear galaxias con solo sonreír. Ella es mapa y laberinto, silencio y música. Nunca es tormenta, siempre es calma.

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