Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

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MUJER QUE DICE CHAU

 Me llevo un paquete vacío y arrugado de cigarrillos Republicana y una revista vieja que dejaste aquí. Me llevo los dos boletos últimos del ferrocarril. Me llevo una servilleta de papel con una cara mía que habías dibujado, de mi boca sale un globito con palabras, las palabras dicen cosas cómicas. También me llevo una hoja de acacia recogida en la calle, la otra noche, cuando caminábamos separados por la gente. Y otra hoja, petrificada, blanca, que tiene un agujerito como una ventana, y la ventana estaba velada por el agua y yo soplé y te vi y ése fue el día en que empezó la suerte.

Me llevo el gusto del vino en la boca. (Por todas las cosas buenas, decíamos, todas las cosas cada vez mejores, que nos van a pasar). No me llevo ni una sola gota de veneno. Me llevo los besos cuando te ibas (no estaba nunca dormida, nunca). Y un asombro por todo esto que ninguna carta, ninguna explicación, pueden decir a nadie lo que ha sido.

LA PEQUEÑA MUERTE

No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

MUJER QUE DICE CHAU

Me llevo un paquete vacío y arrugado de cigarrillos "Republicana" y una
revista vieja que dejaste aquí. Me llevo los dos boletos últimos del
ferrocarril. Me llevo una servilleta de papel con una cara mía que habías
dibujado, de mi boca sale un globito con palabras, palabras que dicen cosas
cómicas. También llevo una hoja de acacia recogida de la calle, la otra
noche, cuando caminábamos separados por la gente. Y otra hoja, petrificada, blanca, que tiene un agujerito como una ventana, y la ventana estaba velada por el agua y yo soplé y te vi y ése fue el día en el que empezó la suerte.

Me llevo el gusto del vino en la boca. (Por todas las cosas buenas,
decíamos, todas la cosas, cada vez mejores, que nos van a pasar).

No me llevo ni una sola gota de veneno. Me llevo los besos cuando te ibas (no estaba nunca dormida, nunca).

Y un asombro por todo esto que ninguna carta, ninguna explicación, pueden decir a nadie lo que ha sido.

LA NOCHE

La noche / 1
 
No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.
 
La noche / 2
 
Arránqueme, Señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.
 
La noche / 3
 
Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.
 
La noche / 4
 
Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.

Volver a encontrarse

De nuestros miedos
nacen nuestros corajes,
y en nuestras dudas
viven nuestras certezas.

Los sueños anuncian
otra realidad posible,
y los delirios otra razón.

En los extravíos
nos esperan los hallazgos,
porque es preciso perderse
para volver a encontrarse.

La pequeña muerte

No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces del dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña Muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña Muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

El pánico macho

En la noche más antigua yacían juntos, por primera vez, la mujer y el hombre. Entonces él escuchó un ruidito amenazante en el cuerpo de ella, un crujidero de dientes entre sus piernas, y el susto le cortó el abrazo.

Los machos más machos tiemblan todavía, en cualquier lugar del mundo, cuando recuerdan, sin saber que recuerdan aquel peligro de devoración. Y se preguntan, sin saber qué preguntan. ¿Será  que la mujer sigue siendo una puerta de entrada que no  tiene salida? ¿Será que en ella queda quien  en ella entra?

El profesor

El profesor En el patio, un ruido de botas con espuelas. Desde lo alto de las botas, tronó la voz de Alcibíades Britez, jefe de policía del Paraguay, un servidor de la patria que cobraba los sueldos y recibía las raciones de los policías difuntos. 

Desnudo, tirado boca abajo sobre el charco de su sangre, el prisionero reconoció la voz. Ésta no era su primera estadía en el infierno. Lo interrogaban, los estudiantes o los campesinos sin tierra hacían alboroto y cada vez que aparecía la ciudad de Asunción llena de panfletos para nada cariñosos con la dictadura militar. 

La bota lo pateó, lo hizo rodar. Y la voz del jefe sentenció: 

—El profesor Bernal… Vergüenza debía darte. Mira el ejemplo que les das a los muchachos. Los profesores no están para armar líos. Los profesores están para formar ciudadanos. 

— Eso hago —balbuceó Bernal. 

Contestó por milagro. Él era un resto de él.

Primeras letras

                De los topos, aprendimos a hacer túneles.
               De los castores, aprendimos a hacer diques. De los pájaros, aprendimos a hacer casas.
                De las arañas, aprendimos a tejer.
                Del tronco que rodaba cuesta abajo, aprendimos la rueda.
                Del tronco que flotaba a la deriva, aprendimos la nave.
                Del viento, aprendimos la vela.
                ¿Quién nos habrá enseñado las malas mañas?
                ¿De quién aprendimos a atormentar al prójimo y a humillar al mundo?

Tiempo que dice

                De tiempo somos.
                Somos sus pies y sus bocas.
                Los pies del tiempo caminan en nuestros pies.
                A la corta o a la larga, ya se sabe, los vientos del tiempo borrarán las huellas.
 
                ¿Travesía de la nada, pasos de nadie? Las bocas del tiempo cuentan el viaje.

Naturaleza viva

Alfredo Mires Ortiz quería recoger la memoria de las costumbres y los tiempos en Cajamarca. Los lugareños le sugirieron algunos temas de trabajo:

el eclipse,
la lluvia,
la inundación,
la niebla,
la helada,
el ventarrón,
el remolino.

Alfredo asintió:
– Ah, sí –dijo–. Fenómenos naturales.
Con los años, Alfredo aprendió.
Aprendió que el eclipse ocurre porque el sol y la luna son una pareja que se lleva mal, sol de fuego, luna de agua, y cuando se encuentran se pelean, y el sol quema a la luna o la luna moja al sol y lo apaga;
y aprendió que la lluvia es hermana de los ríos;
que por los ríos corre la sangre de la tierra, y hay inundación cuando la sangre se derrama;
que la niebla se mata de risa burlando a los caminantes; que la helada es tuerta, y por eso quema los cultivos por un solo lado;
que el ventarrón se relame comiéndose las semillas sembradas en luna verde;
y que el remolino da vueltas porque tiene un solo pie.

Pobres

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo. 
Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen silencio ni pueden tenerlo. 
Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar, como las alas de las gallinas que se han olvidado de volar. 
Pobres, lo que se dice pobres, son los que comen basura y pagan por ella como si fuera comida. 
Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen el derecho de respirar mierda, como si fuera aire, sin pagar nada por ella. 
Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen más que la libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión. 
Pobres, lo que se dice pobres, son los que viven dramas pasionales con las máquinas. 
Pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están siempre solos. 
Pobres, lo que se dice pobres, son los que no saben que son pobres.

Nuestros miedos

De nuestros miedos nacen nuestros corajes y en nuestras dudas viven nuestras certezas. Los sueños anuncian otra realidad posible y los delirios otra razón. En los extravíos nos esperan los hallazgos porque es preciso perderse para volver a encontrarse.