Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

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Amores a distancia (2)

Muchas veces me han preguntado si creo en los amores a distancia. 

Indudablemente sí. El amor, si es de verdad, no entiende de nada. ¿Va a entender de kilómetros? Por supuesto que no. No entiende ni de la mayor de las dificultades. 

Eso sí, siempre buscando que esa distancia un día se convierta en cercanía. Poniendo ese objetivo de ilusión. Restando días. Intentando que las cosas salgan bien. 

Un mensaje es soñar. El siguiente fin de semana unas ganas de todo. Un «te echo de menos» vale por al menos veintisiete. 

Los «te quiero» al despedirse duran en las cabezas, semanas. Los besos tienen el doble de ganas. Y una fuerza brutal. 

Los días de mucho más que veinticuatro horas. La piel siempre a fior de piel. Las lágrimas de despedida.

Sinceras. 

Suerte fue conocerse.

Amor inesperado

El amor es inesperado. No se puede controlar ni evitar. No es cuando tú quieres. O cuando el mundo cree que lo necesitas. Te hace sonreír sin avisar. Como esas noches que no ibas a salir y acabas bebiendo cervezas sin parar a las ocho de la mañana en cualquier portal. Metiendo mano sin parar. O quizá todavía no, pero acompañarte hasta tu casa. Puede sonar todavía más erótico un abrazo en la puerta. Sin fotos, pero con cada minuto en tu cabeza. No entiendes de medidas. Solo de sensaciones. De cómo te hagan sentir. De las ganas que te creen de hablar un poco más. Y lo bonito que te parezca su pelo así de revuelto al despertar. Y que sus ojos te digan: ojalá no te marches nunca.

Con el paso del tiempo

Con el paso del tiempo vamos aprendiendo a disfrutar de todo al máximo. No merece la pena perder el tiempo con enfados tontos, cuando puedes disfrutar de todas las sonrisas que te sabe provocar esa persona que te mira con ojos de quererte sin límite.

Charlas hasta bien entrada la madrugada, tardes de sofá con silencios que significa que estás tan bien que no te moverías de ahí.

Decir todos los «te quiero» que sientas, que la vida es corta y contigo pasan a la velocidad de un ave. Dar un poco el brazo a torcer, adaptarse y no perder un mínimo de los que podemos velar. Saber que lo que nos late del lado izquierdo tiene espacio sin límite de tiempo. Hasta que dos ancianos vuelvan a sonreír recordando el sitio en el que quedaron por primera vez.