Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

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Cuando llueve

Cuando llueve 
te recuerdo en el coche (por ejemplo), arreglándote el pelo en el espejo: 
«vamos, arranca, 
que llegamos tarde», decías, 
y cogías la última horquilla de entre tus labios y con agilidad rematabas Ia operación. 

Cuando llueve, bajo del tejado, 
busco tu ventana, pienso: «si pudiera 
tan sólo ser un gato 
y ser bien recibido una última vez»; 
te recuerdo, entonces, de otro mundo, menos extraño, de otra vida, menos cansada. 

Cuando llueve 
la tristeza me cala hasta Ios huesos, me pregunto dónde estás, 
con quién, 
si ha sido tan fácil como parece.

Con una mirada

Con una mirada 
que no puede negar 
el reflejo de estos huesos, 
arrepentidos, 
haciendo cola 
frente a sus tobillos. 

¿Quién soy yo? 

Solo otro cobarde puñado 
de buenas intenciones; 
solo otro hombre 
de ojos vencidos, 
carne de olvido, 
petrificado 
ante la oportunidad. 

Reflejos

Cuando mostramos un poema estamos, en realidad, 
confesando algo que hemos sido; 
o que somos; o que queremos ser. 

Es un espejo en el que todos van a mirarse pero sólo te verán a ti.

Algunos -quizá los más peligrosos-
pueden convertirse en un pretexto para quedar a tomar café. 

Por eso mismo los poemas no deben compartirse a la ligera. 

Ni -por supuesto- con cualquiera.

Esto no es otro bar

Esto no es otro bar, 
es una sala de espera; 

esto no es otro poema, 
es su pelo largo y negro, 
abanderando mi ser, 
saboteando mi turno .

Te reconozco

De mis sueños, 
osados e impertinentes, 
donde mis pobres excusas se convierten 
en firmes acciones, 
y mis manos 
se vuelven aventureras, y mis labios 
no preguntan,
sino besan.

Nadie tiene la culpa

Todavía nos miramos dcsde lejos con deseo y frustración; he aceptado que eso es algo que no cambiaré nunca. Ahora lo sé. 

Ella también lo sabe. 

Nos hemos educado, hemos aprendido a soportarlo, comprendido que hay amores que están mejor así, interrogantes, inciertos, inacabados. 

Que hay personas destinadas a observarse en silencio entre las gentes; no es culpa de nadie, aunque hubieses llegado un poco antes, siempre te habría esperado un poco menos.

Esto no es otro poema

He asumido que nunca nos olvidaremos. Cada vez que nos cruzamos sus ojos se revelan ante mi, nostálgicos de todo aquello que no hemos sido, preguntándose acaso si aun no es demasiado tarde. Pero ninguno hace nada. 

Ella se muerde el labio y mira a cualquier otra parte con los pensamientos clavados en mi. Yo acelero el paso, como si llegara tarde a donde nadie me está esperando. 

Esto no es otro poema, soy yo pidiendo auxilio -otra vez- pero nadie me socorre.

Por si no vuelvo

está en el salón, 
sobre la mesa, una nota en una servilleta 
(a lápiz): 

aqui yace un hombre que Iuchó hasta el final; 

porque yo sé que todo acaba, pero me gusta pensar que estoy equivocado.


Me juro a mi mismo

Me juro a mi mismo 
cuando me la cruzo por la calle 
que es a ella -y no a otra-
a quien solía hacerle el amor.

Pero Ios ojos con los que me mira,
de aquellos días, yo no Ios recuerdo; ellos a mi tampoco.

Nos conocemos, sí. Pero ya casi 
-casi- 
no nos acordamos de qué.

Cuando asfixia la ausencia

Cuando asfixia la ausencia, 
es la memoria, 
movida por la necesidad, 
la que aprieta por todas partes:

me encuentro gravemente herido de nostalgia.

¿Cuánta memoria puede soportar la consciencia?

Siempre siento estar al límite, 
mientras dura 
el periodo involuntario de abstinencia.

La ausencia

Cuando asfixia la ausencia, 
es la memoria, 
movida por la necesidad, 
la que aprieta por todas partes:

me encuentro gravemente herido de nostalgia.
¿Cuánta memoria puede soportar la consciencia?
Siempre siento estar al límite, 
mientras dura el periodo involuntario de abstinencia.

Quiero conocerte

Francamente, creo que lo más sincero que puede decirle una persona a otra que acaba de conocer o a un desconocido que ha observado desde hace tiempo es: «Quiero conocerte hasta donde eso implique, y quiero empezar ahora mismo». Pero la gente no está preparada para eso. Tiene gracia; lo ven constantemente en las películas y, entre una rara mezcla de suspiros y babeos, anhelan este romanticismo shakespeariano del que hablo. Luego les sucede enla vida real y lo único que pasa es la oportunidad frente a sus ojos. Huyen o se quedan parados, que no es más que otra forma de huir.

De verdad, lo intento, pero no entiendo nada.

Los lunes

Yo odio los lunes 
y detesto ir a trabajar por las tardes, 
pero hoy iba de camino 
y te he visto de casualidad, 
y he pensado 
que en realidad los lunes no me han hecho nada, 
y que en realidad trabajar por las tardes tampoco está tan mal.


La felicidad -o la sensación de felicidad-
es muy sencilla y a pesar de lo que dicen los cuentos, 
se encuentra en los momentos más inesperados, 
en los más fugaces, 
y no tanto en las largas historias de amor 
de cincuenta años 
-pasan tantas cosas en cincuenta años-.

Mientras

Mientras el pasado más hermoso
y el presente más nostálgico,
sean la misma mujer,

muestrense, sin temor alguno a equivocarse,

como
hombres
sin
futuro.

Este no es otro poema

He asumido que nunca nos olvidaremos. Cada vez que nos cruzamos sus ojos se revelan ante mí, nostálgicos de todo aquello que no hemos sido, preguntándose acaso si aún no es demasiado tarde. Pero ninguno hace nada.

Ella se muerde el labio y mira a cualquier otra parte con los pensamientos clavados en mí. Yo acelero el paso, como si llegara tarde a donde nadie me está esperando.

Esto no es otro poema, soy yo pidiendo auxilio -otra vez- pero nadie me socorre.

Nadie tiene la culpa

Todavía nos miramos desde lejos con deseo y frustración; he aceptado que eso es algo que no cambiará nunca.

Ahora lo sé.

Ella también lo sabe.

Nos hemos educado, hemos aprendido a soportarlo, comprendido que hay amores que están mejor así, interrogantes, inciertos, inacabados.

Que hay personas destinadas a observarse en silencio entre las gentes; no es culpa de nadie, aunque hubieses llegado un poco antes, siempre te habría esperado un poco menos.

Esos poemas

Al final siempre llega a mis menos, 
uno de esos poemas 
que se muestran 
desnudos sin piedad.


Crónicas del naufragio 
de esos lunares, 
que jamás volveremos a ver: 
devoradores del presente.


Si antaño 
salvaban distancias, 
en ningún caso 
volverán a ser un puente.