Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

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ME VOY

Ya lo sabía. Lo sabía desde el instante en que tus ojos se volvieron de vidrio y te miraste en ellos para no verme. El amor no es un río que se detiene, es una máquina de engranajes exactos que muele los días hasta convertir la caricia en costumbre y el deseo en espejo donde ya no nos reconocemos . Y yo, que fui tu imagen, me volví tu sombra .

No fue una tarde. Fueron todas las tardes. El café amargo de medianoche entre las mesas vacías, la lluvia que siempre empezaba a caer a la mitad de la película. Tú, tan lejos, tan cerca de tu propia indiferencia, favoreciendo la desgracia como quien abre una ventana y deja entrar el frío . ¿Y el amor? El amor se volvió esa cosa que hacemos con las manos, como quien enreda los dedos en los cabellos y no siente nada.

Pero el amor duele porque fue. Porque la vida se vuelve una arena sin orillas y yo sobreviví en la intemperie de tus medias palabras. No me dejaste opción: me guardé en el bolsillo un soplo de vida para regalarte y unos pocos odios para olvidarte . Entonces entendí que no hay estaciones para el amor, que el amor se estaciona y nos estaciona a nosotros, junto a la orilla del tiempo ido, pensando soñadoramente, mientras la muerte habita en el centro del corazón .

Me voy. No porque el amor se haya ido. Sino porque tú te fuiste antes, sin moverte, sin decirlo, convirtiendo mi ternura en una letra de tango para tu melodía indiferente. 

EL CORAZÓN PARTIDO

Dicen que el corazón se rompe de una vez, con estruendo, como plato contra el suelo. Mentira. El corazón se rompe despacio, como se rompe el pan viejo: en silencio, en pedazos pequeños que uno recoge sin darse cuenta y guarda en los bolsillos del abrigo, pensando que todavía sirven para algo.

Yo tengo los bolsillos llenos.

Hay una fractura que aprendí a cargar verticalmente, como se carga un espejo roto: con cuidado de no ver demasiado. Hay otra que lleva el nombre de alguien y ya no recuerdo bien si es el nombre lo que duele o el hueco donde estuvo la voz. El dolor viejo no arde. Pesa. Se instala en el pecho como inquilino que nunca paga pero tampoco se va, y uno termina haciéndole un lugar en la mesa, sirviéndole café, acostumbrándose a su presencia como se acostumbra al ruido del tráfico: sin amarlo, pero sin poder imaginar el silencio.

Lo que nadie dice del corazón roto es que no impide nada. Sigue latiendo. Sigue queriendo. Sigue siendo estúpido y generoso y dispuesto, como perro que vuelve aunque lo hayan corrido. Eso es lo que más duele: que no aprende. Que sangra y vuelve a abrirse al primer temblor de luz, a la primera voz que suena parecida a aquella otra voz que uno lleva enterrada debajo de la clavícula izquierda.

Tener el corazón roto no es una condición. Es una forma de estar en el mundo. Una forma de mirar las cosas con demasiada atención: el vaso de agua sobre la mesa, la luz de la tarde, el sonido de alguien cerrando una puerta en otro cuarto y pensar, por un instante —solo por un instante— que es ella. Que vuelve. Que todavía.

El corazón roto no necesita cura. Necesita testigos. Alguien que sepa mirarlo sin decir que ya pasará, sin decir que el tiempo lo arreglará. Alguien que simplemente se siente y diga: sí. Ya veo. Trae mucho.

Y trae mucho.

Trae mucho.

TANTO AMOR

Prometo quedarme
cuando tus ojos se cansen de ser fuertes,
cuando el mundo te exija demasiado
y aun así sigas entregando el alma
como quien enciende una lámpara
en medio de la tormenta.

Prometo aprender la profundidad
de esa manera tuya de amar,
tan intensa, tan completa,
tan poco común
que a veces parece imposible
que exista en este tiempo
una mujer capaz de darlo todo
sin medir las heridas.

Porque tú no amas a medias.
Tú incendias silencios,
levantas ruinas con las manos,
abrazas incluso cuando estás rota
y haces del amor
una forma valiente de permanecer.

Prometo no convertir tu entrega
en costumbre ni descuido.
No miraré como algo simple
la manera en que sostienes mis noches,
ni el modo en que tus palabras
rescatan mis días más oscuros.

Y si alguna vez dudas de ti,
si el cansancio te hace pensar
que has dado demasiado al mundo,
yo voy a recordarte
que existen mujeres extraordinarias
que nacieron para amar intensamente,
y que entre todas ellas
tu corazón tiene la rara belleza
de lo irrepetible.

Prometo cuidarte despacio,
como se cuidan las cosas eternas.
Amarte sin prisa,
sin juegos,
sin ausencias innecesarias.
Y cuando la vida nos golpee,
seguir aquí,
mirándote con la misma certeza
con la que se mira el mar
después de sobrevivir al naufragio.

Porque una mujer como tú
no se encuentra dos veces.
Y quien tiene la fortuna de coincidir contigo
debería prometer,
cada día,
estar a la altura
de tanto amor.

LLEGASTE COMO UN SUSURRO

Llegaste sin anunciarte, como llegan las cosas que importan: sin ruido, sin banderas, sin el estruendo torpe de los que necesitan ser vistos. Llegaste como llega el alba cuando nadie la espera —y sin embargo, ahí está, tiñendo de oro lo que antes era sombra.

Un susurro. Eso fuiste al principio. Palabra dicha a media voz en el umbral de algo que yo todavía no sabía nombrar. Y hay una paradoja hermosa en eso: que lo más pequeño, lo más suave, lo que casi no se escucha, sea precisamente lo que más hondo cala. No el grito. No el trueno. Tú.

Te quedaste como se quedan las raíces —sin pedirlo, sin proclamarlo, sin firmar ningún contrato con la tierra. Simplemente, un día dejé de imaginar el mundo sin ti adentro. Dejé de recordar cómo era el silencio antes de que tu voz lo habitara.

Y ahora eres geografía. Eres el lugar al que vuelvo cuando me pierdo. Eres ese nombre que aparece en la boca antes de que el pensamiento lo convoque, porque el cuerpo sabe lo que el alma ya aprendió: que hay presencias que no visitan, que no pasan, que no prestan.

Que llegan. Y se instalan. Y ya son casa.

AHORA

Aprovechemos el poco tiempo que tenemos juntos, dijo ella mientras desataba el nudo de la tarde en la cortina de gasa. Entonces el reloj no existía, apenas un rumor de cuchara contra loza, una mancha de sol que se escurría por la mesa como un caracol de oro. El poco tiempo: ese instante donde las palabras pesan menos que las pestañas, donde la muerte no es esa señora de vestido negro sino una vecina que nunca toca el timbre. Aprovechémoslo, repitió él, y dibujó en la palma de ella el mapa de un viaje que no dura más que un suspiro: dos calles, un parque, las migas del pan cayendo al mantel. El poco tiempo es todo el tiempo, pensaron sin decirse nada, mientras la sombra del poste crecía como un árbol de alambre. Y entonces besaron la urgencia, ese pájaro pequeño que se posa en el borde de la taza y bebe apenas una gota antes de irse. Porque sí, ya lo sé: el poco tiempo es un gesto que aprendemos a hacer con las manos vacías, y aún así, aún así, nos sobra para contar las lunas de las uñas, para reírnos de ese reloj descompuesto que da las tres cuando ya es casi de noche. Aprovechemos, entonces, el poco tiempo: esta migaja de luz sobre el hombro, esta herida diminuta que llamamos ahora.

RELOJ DE ARENA EN LAS MANOS

Nos han dado un puñado de minutos y los contamos mal, como quien cuenta estrellas y se equivoca para volver a empezar. El tiempo no es nuestro, pero este instante sí: tuyo en mi risa, mío en tu silencio que me nombra sin decirlo.

Aprovechemos, pues, el poco tiempo que tenemos juntos. Que no se nos vaya en la costumbre de postergar los abrazos. Yo te presto mis horas rotas si tú me das tus segundos enteros. Pongamos la mesa con lo que hay: un café que se enfría, dos miradas que arden, y la certeza brutal de que mañana es un país extranjero.

Hay hombres que ahorran la vida como si fueran a vivir dos veces. Nosotros no. Nosotros la gastamos toda en esta tarde que se deshace. Te cuento mis muertos para que te quedes con mis vivos. Me dices tu miedo y yo lo vuelvo casa.

Si el mundo se acaba, que nos encuentre así: sin debernos palabras, sin guardarnos la piel, con la deuda saldada de haber sido, aunque fuera un rato, exactamente lo que el otro necesitaba.

Porque al final, el poco tiempo no se mide en relojes. Se mide en la forma en que tu nombre me queda temblando en la boca cuando ya te has ido.

NUEVOS SENTIMIENTOS

Descubrir nuevos sentimientos es como abrir una puerta que creías cerrada para siempre, y encontrar un paisaje que nunca imaginaste. 

Es ese instante en que el alma se estremece, no por miedo, sino por la sorpresa de lo desconocido que se instala con suavidad, casi sin permiso. 

Es caminar por senderos invisibles, donde cada paso revela un color distinto, una textura inédita, una melodía que no habías escuchado antes.

Es sentir el vértigo dulce de lo inesperado, la mezcla de duda y esperanza que se enreda en el pecho, y que te invita a mirar más allá de lo que creías seguro. 

Descubrir nuevos sentimientos es un acto de valentía silenciosa, un salto al vacío donde el corazón se desnuda y se expone a la posibilidad de ser más, de ser otro, de ser nuevo.

Es entender que dentro de uno mismo hay universos enteros por explorar, y que cada emoción es una estrella que ilumina ese firmamento interior. 

Y aunque a veces duela, aunque a veces confunda, descubrir nuevos sentimientos es el regalo más profundo que podemos darnos, porque nos recuerda que estamos vivos, que seguimos creciendo, que seguimos amando.

NO ERES TÚ...

No eres tú, con tu piel que apenas roza la mía en la penumbra, sino el fuego lento que despiertas en lo hondo de mi carne, un ardor que sube desde las entrañas como vino tinto derramado sobre sábanas revueltas. 

No eres el curva de tu cintura bajo mis dedos, sino el temblor que provocas en mi sangre, un pulso hambriento que lame cada rincón oculto, despertando ansias que duermen en la sombra de la noche. 

Eres el susurro de tu aliento en mi cuello, no el aire mero, sino la promesa que enciende mis nervios como brasas bajo la lluvia, haciendo que mi cuerpo se arquee, se ofrezca, se entregue al vértigo de tu tacto. 

No eres tú, silueta danzante en el calor del cuarto, sino el deseo que desatas, un río de miel y sal que me arrastra, me moja, me hace tuyo en el secreto de los jadeos y las mordidas suaves. 

Despiertas en mí no un roce fugaz, sino la seducción brutal del ser, donde cada poro grita tu nombre en éxtasis callado.

No eres tú, sino lo que despiertas en mí.

DORMIR Y TENER PAZ

Dormir en paz es entregarse al susurro silencioso de la noche, donde el alma se desprende de las cargas del día y se posa suavemente sobre el lecho de la calma. Es un refugio invisible, un abrazo tibio que envuelve cada pensamiento inquieto y lo transforma en un suspiro de tranquilidad. En ese instante, el mundo se detiene, y el tiempo se vuelve un río lento que acaricia sin prisa la orilla de los sueños.


Dormir en paz es el arte de soltar, de dejar que el cuerpo se rinda sin miedo, confiando en que la oscuridad no es ausencia, sino un manto protector que guarda secretos de serenidad. Es un viaje sin mapas, donde cada parpadeo es una puerta que se abre hacia un universo donde no existen las sombras del temor ni las cadenas del desvelo.


Es la melodía suave que canta el corazón cuando se siente seguro, la promesa silenciosa de un amanecer renovado. Dormir en paz es el regalo que nos damos a nosotros mismos, un acto de amor profundo que nos recuerda que, aunque el día sea tormenta, la noche siempre puede ser calma. Y en esa calma, el alma descansa, se repara y se prepara para volver a volar.

CAE LA NOCHE

Cae la noche, y el mundo se aquieta en un suspiro largo, como si el día, exhausto de tanto alzar voces y prisas, se rindiera al abrazo del silencio. Las luces de la ciudad parpadean lejanas, estrellas caídas en el asfalto, mientras el cielo se tiñe de un azul profundo, ese azul que guarda los secretos de los olvidados. Llega la paz, no con fanfarrias ni promesas ruidosas, sino en el roce sutil de la brisa que acaricia las hojas, en el rumor apagado de un río que sueña con el mar. El corazón, que latía como tambor de guerra, se detiene en su furia; las sombras se alargan, pero no para asustar, sino para envolver, como madres que acunan a sus hijos en la penumbra. Y en esa quietud, el alma respira hondo, encuentra su centro en la nada, y por fin, duerme el peso del ayer. Cae la noche, y con ella, la paz que siempre estuvo ahí, esperando.

DORMIR EN PAZ

El día se deshace como un terrón de azúcar en la taza de la noche, dejando atrás el rastro amargo de las prisas. Cerrar los ojos no es una huida, sino un regreso. Bajo el peso de las mantas, el cuerpo recupera su condición de isla; se olvidan los nombres, las deudas de tiempo y el eco metálico de la ciudad.

Dormir en paz es permitir que la respiración dicte su propio ritmo, un oleaje suave que lija las aristas de las preocupaciones hasta dejarlas suaves como guijarros de río. No hay centinelas en la puerta del pensamiento, solo una penumbra cálida donde el "yo" se disuelve. La almohada deja de ser un objeto para convertirse en un confín, el límite exacto donde termina el esfuerzo y comienza la entrega.

En ese silencio sagrado, el alma se descalza. No hay nada que defender, nada que demostrar. El sueño llega como un animal manso que nos reconoce y se echa a nuestro lado, recordándonos que, al menos por unas horas, el mundo puede seguir girando sin nuestra ayuda.

SIN MIRAR ATRÁS

Hay un instante en el que el alma se desprende, como hoja seca que el viento decide llevarse sin permiso. No es un acto de olvido, sino de liberación; un paso firme hacia el horizonte donde el pasado se vuelve sombra y el futuro, un lienzo en blanco. Marcharse sin mirar atrás es un acto de valentía silenciosa, un susurro que se niega a ser grito, una despedida que no busca retorno.

El camino se extiende, infinito y callado, y cada paso es un latido que se aleja del eco de lo que fue. No hay cadenas que aten, ni miradas que retengan; solo el pulso constante de un corazón que sabe que la vida no se detiene en las ruinas, sino que se construye en la marcha. La nostalgia puede asomarse, pero no se permite anidar; es un visitante fugaz que se despide con un leve adiós.

Marcharse sin mirar atrás es renacer en la incertidumbre, es abrazar el vértigo del cambio sin miedo a caer. Es entender que el verdadero viaje no está en el destino, sino en la decisión de avanzar, en la fuerza de soltar lo que pesa y en la esperanza que se enciende con cada paso nuevo. Porque a veces, la única forma de encontrarse es perderse en el camino, sin volver la vista, sin buscar respuestas en el reflejo de lo que quedó atrás.

Y así, con la mirada fija en el porvenir, se camina. Se marcha. Se vive.

EL INCENDIO DEL BESO

Hay geografías secretas en los labios. Continentes que esperan el roce de otro continente para despertar de su letargo mineral. Un beso no es apenas el encuentro de dos bocas: es la fricción que convierte la piedra en chispa, el silencio en grito, la espera en desbordamiento.

Basta un beso. Uno solo. Como basta una cerilla para incendiar el bosque entero. Porque en ese instante donde las bocas se reconocen, se desata una memoria ancestral que habita en la piel: la memoria del deseo que no conoce razones ni calendarios. Todo lo que estaba dormido se levanta de golpe. Las manos ya no saben estar quietas. Los cuerpos olvidan la distancia como quien olvida un idioma que nunca debió aprender.

La pasión no llega con anuncios. No toca la puerta ni pide permiso. Se enciende así, en el umbral de un beso, con la violencia dulce de quien ha estado esperando demasiado tiempo. Y entonces ya no hay vuelta atrás. Ya no hay cordura que valga. Solo queda el fuego y la certeza de que algunos incendios están hechos para ser habitados, aunque nos consuman por completo.

Un beso y todo lo demás es consecuencia. El resto es entregarse al vértigo, dejar que la llama haga su trabajo. Porque hay encuentros que no necesitan más que un roce para convertirse en conflagración. Y nosotros, pobres criaturas hechas de yesca y anhelo, no tenemos más remedio que arder.

MI PIEL EN TU PIEL

Hay geografías que no se miden en kilómetros sino en latidos. Mi piel en tu piel es un mapa sin fronteras, un territorio donde se funden los límites de lo mío y lo tuyo, donde el yo se disuelve en el nosotros como el azúcar en el café de la mañana. Es un encuentro de continentes, una tectónica del deseo que remueve los cimientos de la soledad.

Cuando mi piel toca tu piel, el mundo se detiene un instante y luego gira en sentido contrario. Las palabras pierden su utilidad, se vuelven innecesarias como paraguas en el desierto. Porque hay un lenguaje más antiguo que el verbo, más cierto que la promesa: el idioma de los poros abiertos, de la temperatura compartida, del pulso que se sincroniza sin consultar relojes.

Mi piel en tu piel es una pregunta que se responde a sí misma. Es la confirmación de que existimos más allá de nuestra mente, de que somos también carne que reconoce a otra carne, superficie que busca superficie, calor que necesita calor. En ese instante de contacto se borra la distancia entre el animal que somos y el ángel que pretendemos ser.

Hay quienes buscan refugio en templos de piedra, pero yo he encontrado lo sagrado en la curva de tu hombro, en el hueco de tu cuello donde mi frente descansa como quien llega a casa después de un largo exilio. Mi piel en tu piel es una oración sin dios pero llena de fe, un acto de creencia en lo tangible, en lo inmediato, en lo irrefutablemente presente.

Cuando nos separamos, me llevo tu ausencia grabada en cada célula, como si la piel guardara memoria fotográfica de todos los encuentros. Y entonces camino por el mundo con un fantasma cálido pegado a mi epidermis, esperando el momento en que mi piel vuelva a encontrar tu piel, y el universo recuerde por qué inventó el tacto.

COMERNOS A BESOS.

Hay algo de hambre antigua en esto de comernos a besos, algo que viene de antes del lenguaje, cuando el amor y la mordida eran la misma cosa y no había manera de distinguir entre la ternura y el instinto de devorar lo que más se ama. Porque amarte así es querer tragarte entera, convertirte en alimento que nutre algo más profundo que el cuerpo, algo que tiene que ver con esa sed metafísica de fundirse hasta desaparecer.

Te como a besos como quien se come una fruta prohibida en el jardín del edén de tu piel, con la desesperación de quien sabe que cada bocado es una pequeña muerte y un renacimiento. Tus labios son el manjar que devoro sin saciarme nunca, porque el apetito del amor es infinito y circular como el símbolo del ouroboros, la serpiente que se muerde la cola, el deseo que se alimenta de su propia intensidad.

En cada beso hay algo de antropofagia sagrada, de ritual primitivo donde te mastico con los dientes del deseo y te trago con la lengua de la pasión, donde te digiero en el estómago del alma y te convierto en sangre que corre por mis venas. Comernos a besos es eso: la alquimia de transformar dos cuerpos en una sola carne hambrienta, el milagro cotidiano de hacer del amor un banquete donde somos simultáneamente el festín y los comensales.

Y después de comernos así, a dentelladas de ternura y mordiscos de eternidad, quedamos saciados por un instante breve, apenas un parpadeo cósmico, antes de que vuelva el hambre, antes de que regrese esa necesidad primordial de devorarnos otra vez, de comernos a besos hasta que no quede nada de nosotros excepto el sabor del otro en la boca y la certeza de que el amor verdadero siempre ha sido, en esencia, un acto de dulce canibalismo.

EL AUTO FUE TESTIGO...

El auto, cómplice de silencios y susurros, guarda entre sus curvas y asientos las huellas invisibles de nuestra pasión. Testigo mudo, enciende su motor no solo con gasolina, sino con la vibración de cada roce, de cada mirada que lanzamos desde la ventana empañada. En ese espacio reducido, donde el mundo se vuelve un eco distante, se despliegan los cielos interiores que habitamos. Cada frenada, cada acelerón, es un latido que nos acerca o separa, que dibuja mapas secretos sobre el cuero gastado y el metal frío. El auto no se mueve solo; se contagia del fuego que traemos dentro, del deseo que no se dice pero se siente en cada pasillo de asfalto recorrido juntos. Así, entre la velocidad y el destino, nuestro amor queda escrito en la memoria del volante, un relato que solo el tiempo y el silencio podrán leer.

NUESTRA PRIMERA VEZ

Nuestra primera vez fue un ritual de pieles y suspiros, un temblor que empezó en los dedos y se extendió como fuego lento hasta incendiar cada rincón. El aire se volvió denso, pesado de deseo, y tus manos hablaron un idioma antiguo, el idioma que no necesita palabras porque ya lo sabe el cuerpo. Nos entregamos al vértigo de descubrirnos, a la búsqueda febril de un placer que escapaba a la razón. Cada estremecimiento fue una promesa secreta, cada roce un poema indecente que se escribía en la oscuridad. El mundo se redujo a la caricia inmediata, al sabor del aliento entrecortado y al pulso desbocado que marcaba el ritmo de nuestra entrega.

No fue solo un encuentro, sino una demolición de muros, un encuentro con la vulnerabilidad y con la fuerza primitiva que nos hizo protagonistas y testigos al mismo tiempo. Tocar y ser tocados era un diálogo sagrado, un pacto sin certezas salvo el fervor de la novedad que ardía y quemaba, que curaba y nos trastocaba. En esa primera vez, fuimos al mismo tiempo fuego y ceniza, deseo y calma, el caos perfecto donde nos perdimos sin miedo para encontrarnos para siempre.

NUESTRAS MIRADAS SE CRUZARON

Nuestras miradas se cruzaron en ese instante suspendido, como dos cometas que se rozan sin saber si el viento las llevará al mismo cielo. Fue un golpe sutil, una electricidad muda que atravesó el tiempo y el espacio, desafiando el silencio. En esa fulminación breve, todo el universo pareció encogerse para escucharnos, para revelar secretos que solo los ojos saben guardar.

No hubo palabras, ni un gesto que delatara el temblor oculto; solo un encuentro de almas, delicado y preciso, que caminaba sobre la cuerda floja de lo posible y lo eterno. Y en ese roce invisible quedó la promesa de algo invisible, una conversación callada escrita en la luz que aún ilumina el recuerdo, esa señal indeleble que nos persigue cada vez que la mirada busca otra mirada.

ENCUENTROS

Lo que es para ti te encuentra
Hay un rumor antiguo en el aire, una brisa que no se cansa de rozar los rostros distraídos. Caminas, y a veces crees que eliges el rumbo, pero es el destino quien te lleva de la mano, con la paciencia de quien sabe esperar. Lo que es para ti, te encuentra, aunque te escondas detrás de tus dudas, aunque te disfraces de prisa y te pierdas en la multitud de tus propios pensamientos.

Hay cosas que llegan sin anunciarse, como la lluvia que sorprende a los árboles, como la luz que se cuela entre las persianas en la mañana. No importa cuántos caminos recorras, ni cuántas puertas cierres: lo que es tuyo tiene la llave de todas las cerraduras. Se desliza, silencioso, por las rendijas de tu vida, y te encuentra incluso cuando te crees perdido.

A veces, lo que es para ti te busca en los sueños, en las palabras que no dijiste, en los silencios que guardaste como un tesoro. Y cuando por fin te alcanza, entiendes que no era necesario correr, ni luchar contra la corriente. Solo era cuestión de estar, de abrir los ojos y dejarse encontrar.
Porque hay encuentros que no se buscan, pero que llegan para quedarse. Y entonces, comprendes que el universo conspira a favor de los que esperan con el corazón abierto, de los que confían en la promesa secreta de la vida: lo que es para ti, te encuentra, siempre.

LA FUGA NECESARIA

Hay en la decisión de partir una sabiduría antigua, un instinto que reconoce cuándo el quedarse se convierte en autofagia. Me voy porque intuyo las fracturas que aún no llegan, porque presiento el sonido de mi propia ruptura y elijo el silencio de la ausencia antes que el estrépito de desintegrarme aquí, frente a testigos que luego recordarán mis pedazos pero no mi forma completa.

La permanencia tiene su propia violencia. No siempre es visible, no siempre sangra, pero va minando la estructura del alma con la persistencia de la lluvia sobre la piedra. Quedarse donde uno se erosiona es una forma lenta de suicidio, un permiso tácito para que las circunstancias nos devoren por partes, con paciencia, hasta no reconocernos en el espejo de las mañanas.

Me voy entonces como quien preserva un último territorio sagrado: el de la propia integridad. Porque hay amores, trabajos, ciudades, vínculos que cobran demasiado caro el precio de la membresía. Exigen que entreguemos no solo el tiempo sino la médula, no solo la presencia sino la esencia. Y uno termina negociando con su propia destrucción, cediendo fragmentos de sí mismo como si fueran monedas de cambio, hasta quedar vacío, hueco, convertido en un cascarón que imita los gestos de estar vivo.

Prefiero la intemperie del camino solitario. Prefiero el miedo de lo desconocido al pavor de mirarme al espejo y no encontrar nada que valga la pena salvar. La huida tiene mala reputación entre quienes nunca han tenido que elegir entre partir o perecer, pero yo sé que a veces irse es la única forma adulta de decir: me amo lo suficiente como para no dejarme morir aquí.

Me voy con mi fragilidad intacta, con mis grietas sin terminar de abrirse, con la posibilidad todavía viva de recomponerme en otro sitio, bajo otro cielo, donde nadie me exija como tributo la amputación de mi alma.

Que otros juzguen la partida como abandono. Yo la reconozco como el más profundo acto de lealtad hacia mí mismo.