Nos han dado un puñado de minutos y los contamos mal, como quien cuenta estrellas y se equivoca para volver a empezar. El tiempo no es nuestro, pero este instante sí: tuyo en mi risa, mío en tu silencio que me nombra sin decirlo.
Aprovechemos, pues, el poco tiempo que tenemos juntos. Que no se nos vaya en la costumbre de postergar los abrazos. Yo te presto mis horas rotas si tú me das tus segundos enteros. Pongamos la mesa con lo que hay: un café que se enfría, dos miradas que arden, y la certeza brutal de que mañana es un país extranjero.
Hay hombres que ahorran la vida como si fueran a vivir dos veces. Nosotros no. Nosotros la gastamos toda en esta tarde que se deshace. Te cuento mis muertos para que te quedes con mis vivos. Me dices tu miedo y yo lo vuelvo casa.
Si el mundo se acaba, que nos encuentre así: sin debernos palabras, sin guardarnos la piel, con la deuda saldada de haber sido, aunque fuera un rato, exactamente lo que el otro necesitaba.
Porque al final, el poco tiempo no se mide en relojes. Se mide en la forma en que tu nombre me queda temblando en la boca cuando ya te has ido.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario