Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

Mostrando las entradas con la etiqueta Luis Cernuda. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Luis Cernuda. Mostrar todas las entradas

NO DECÍA PALABRAS

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Auque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.

NO DECÍA PALABRAS

No decía palabras,
Acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
Porque ignoraba que el deseo es una pregunta
Cuya respuesta no existe,
Una hoja cuya rama no existe,
Un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
Remonta por las venas
Hasta abrirse en la piel,
Surtidores de sueño
Hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
Una mirada fugaz entre las sombras,
Bastan para que el cuerpo se abra en dos,
Ávido de recibir en sí mismo
Otro cuerpo que sueñe;
Mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
Iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza,
Porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.

Canción de invierno

Tan hermoso como el fuego
Late en el ocaso quieto,
Ardiente, dorado.

Tan hermoso como el sueño
Respira dentro del pecho,
Solo, recatado.

Tan hermoso como el silencio
Vibra en torno de los besos,
Alado, sagrado.

El viento y el alma

Con tal vehemencia el viento 
viene del mar, que sus sones 
elementales contagian 
el silencio de la noche. 


Solo en tu cama le escuchas 
insistente en los cristales 
tocar, llorando y llamando 
como perdido sin nadie. 


Mas no es él quien en desvelo 
te tiene, sino otra fuerza 
de que tu cuerpo es hoy cárcel,
fue viento libre, y recuerda.

No decía palabras

No decía palabras, 
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante, 
porque ignoraba que el deseo es una pregunta 
cuya respuesta no existe, 
una hoja cuya rama no existe, 
un mundo cuyo cielo no existe. 


La angustia se abre paso entre los huesos, 
remonta por las venas 
hasta abrirse en la piel, 
surtidores de sueño 
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes. 


Un roce al paso, 
una mirada fugaz entre las sombras, 
bastan para que el cuerpo se abra en dos, 
ávido de recibir en sí mismo 
otro cuerpo que sueñe; 
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne, 
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo. 


Auque sólo sea una esperanza 
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.

No intentemos el amor nunca

Aquella noche el mar no tuvo sueño. 
Cansado de contar, siempre contar a tantas olas, 
quiso vivir hacia lo lejos, 
donde supiera alguien de su color amargo. 


Con una voz insomne decía cosas vagas, 
barcos entrelazados dulcemente 
en un fondo de noche, 
o cuerpos siempre pálidos, con su traje de olvido 
viajando hacia nada. 


Cantaba tempestades, estruendos desbocados 
bajo cielos con sombra, 
como la sombra misma, 
como la sombra siempre 
rencorosa de pájaros estrellas.


Su voz atravesando luces, lluvia, frío, 
alcanzaba ciudades elevadas a nubes, 
cielo Sereno, Colorado, Glaciar del infierno, 
todas puras de nieve o de astros caídos 
en sus manos de tierra. 


Mas el mar se cansaba de esperar las ciudades. 
Allí su amor tan sólo era un pretexto vago 
con sonrisa de antaño, 
ignorado de todos. 


Y con sueño de nuevo se volvió lentamente 
adonde nadie 
sabe de nadie. 
Adonde acaba el mundo.

Si el hombre pudiera decir lo que ama

Si el hombre pudiera decir lo que ama, 
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo 
como una nube en la luz; 
si como muros que se derrumban, 
para saludar la verdad erguida en medio, 
pudiera derrumbar su cuerpo, 
dejando sólo la verdad de su amor, 
la verdad de sí mismo, 
que no se llama gloria, fortuna o ambición, 
sino amor o deseo, 
yo sería aquel que imaginaba; 
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos 
proclama ante los hombres la verdad ignorada, 
la verdad de su amor verdadero. 


Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien 
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío; 
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina 
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, 
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu 
como leños perdidos que el mar anega o levanta 
libremente, con la libertad del amor, 
la única libertad que me exalta, 
la única libertad por que muero. 


Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido; 
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Contigo

¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.

¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?

Te quiero

Te lo he dicho con el viento, 
jugueteando como animalillo en la arena 
o iracundo como órgano tempestuoso.

Te lo he dicho con el sol, 
que dora desnudos cuerpos juveniles 
y sonríe en todas las cosas inocentes,

Te lo he dicho con las nubes, 
frentes melancólicas que sostienen el celo, 
tristezas fugitivas;

Te lo he dicho con las plantas, 
leves criaturas transparentes 
que se cubren de rubor repentino;

Te lo he dicho con el agua, 
vida luminosa que vela un fondo de sombra; 
te lo he dicho con el miedo, 
te lo he dicho con la alegría, 
con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta: 
más allá de la vida, 
quiero decirtelo con la muerte, 
más allá del amor, 
quiero decírtelo con el olvido

No decía palabras

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza,
porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.

No decía palabras...

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne;
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Aunque sólo sea una esperanza,
porque el deseo es pregunta cuya respuesta 
                                                           nadie sabe.