LETRAS QUE DEJAN HUELLA
Yo no te olvido, habitas en un lugar donde nadie puede tocarte, donde nadie sabe que existes, donde nadie puede herirte, ni yo con mi olvido, ni tú con tu ausencia.
Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.
NUEVOS SENTIMIENTOS
NO ERES TÚ...
DORMIR Y TENER PAZ
Dormir en paz es entregarse al susurro silencioso de la noche, donde el alma se desprende de las cargas del día y se posa suavemente sobre el lecho de la calma. Es un refugio invisible, un abrazo tibio que envuelve cada pensamiento inquieto y lo transforma en un suspiro de tranquilidad. En ese instante, el mundo se detiene, y el tiempo se vuelve un río lento que acaricia sin prisa la orilla de los sueños.
Dormir en paz es el arte de soltar, de dejar que el cuerpo se rinda sin miedo, confiando en que la oscuridad no es ausencia, sino un manto protector que guarda secretos de serenidad. Es un viaje sin mapas, donde cada parpadeo es una puerta que se abre hacia un universo donde no existen las sombras del temor ni las cadenas del desvelo.
Es la melodía suave que canta el corazón cuando se siente seguro, la promesa silenciosa de un amanecer renovado. Dormir en paz es el regalo que nos damos a nosotros mismos, un acto de amor profundo que nos recuerda que, aunque el día sea tormenta, la noche siempre puede ser calma. Y en esa calma, el alma descansa, se repara y se prepara para volver a volar.
CAE LA NOCHE
DORMIR EN PAZ
El día se deshace como un terrón de azúcar en la taza de la noche, dejando atrás el rastro amargo de las prisas. Cerrar los ojos no es una huida, sino un regreso. Bajo el peso de las mantas, el cuerpo recupera su condición de isla; se olvidan los nombres, las deudas de tiempo y el eco metálico de la ciudad.
Dormir en paz es permitir que la respiración dicte su propio ritmo, un oleaje suave que lija las aristas de las preocupaciones hasta dejarlas suaves como guijarros de río. No hay centinelas en la puerta del pensamiento, solo una penumbra cálida donde el "yo" se disuelve. La almohada deja de ser un objeto para convertirse en un confín, el límite exacto donde termina el esfuerzo y comienza la entrega.
En ese silencio sagrado, el alma se descalza. No hay nada que defender, nada que demostrar. El sueño llega como un animal manso que nos reconoce y se echa a nuestro lado, recordándonos que, al menos por unas horas, el mundo puede seguir girando sin nuestra ayuda.