Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

NO ERES TÚ...

No eres tú, con tu piel que apenas roza la mía en la penumbra, sino el fuego lento que despiertas en lo hondo de mi carne, un ardor que sube desde las entrañas como vino tinto derramado sobre sábanas revueltas. 

No eres el curva de tu cintura bajo mis dedos, sino el temblor que provocas en mi sangre, un pulso hambriento que lame cada rincón oculto, despertando ansias que duermen en la sombra de la noche. 

Eres el susurro de tu aliento en mi cuello, no el aire mero, sino la promesa que enciende mis nervios como brasas bajo la lluvia, haciendo que mi cuerpo se arquee, se ofrezca, se entregue al vértigo de tu tacto. 

No eres tú, silueta danzante en el calor del cuarto, sino el deseo que desatas, un río de miel y sal que me arrastra, me moja, me hace tuyo en el secreto de los jadeos y las mordidas suaves. 

Despiertas en mí no un roce fugaz, sino la seducción brutal del ser, donde cada poro grita tu nombre en éxtasis callado.

No eres tú, sino lo que despiertas en mí.

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