Un susurro. Eso fuiste al principio. Palabra dicha a media voz en el umbral de algo que yo todavía no sabía nombrar. Y hay una paradoja hermosa en eso: que lo más pequeño, lo más suave, lo que casi no se escucha, sea precisamente lo que más hondo cala. No el grito. No el trueno. Tú.
Te quedaste como se quedan las raíces —sin pedirlo, sin proclamarlo, sin firmar ningún contrato con la tierra. Simplemente, un día dejé de imaginar el mundo sin ti adentro. Dejé de recordar cómo era el silencio antes de que tu voz lo habitara.
Y ahora eres geografía. Eres el lugar al que vuelvo cuando me pierdo. Eres ese nombre que aparece en la boca antes de que el pensamiento lo convoque, porque el cuerpo sabe lo que el alma ya aprendió: que hay presencias que no visitan, que no pasan, que no prestan.
Que llegan. Y se instalan. Y ya son casa.
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