Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

AHORA

Aprovechemos el poco tiempo que tenemos juntos, dijo ella mientras desataba el nudo de la tarde en la cortina de gasa. Entonces el reloj no existía, apenas un rumor de cuchara contra loza, una mancha de sol que se escurría por la mesa como un caracol de oro. El poco tiempo: ese instante donde las palabras pesan menos que las pestañas, donde la muerte no es esa señora de vestido negro sino una vecina que nunca toca el timbre. Aprovechémoslo, repitió él, y dibujó en la palma de ella el mapa de un viaje que no dura más que un suspiro: dos calles, un parque, las migas del pan cayendo al mantel. El poco tiempo es todo el tiempo, pensaron sin decirse nada, mientras la sombra del poste crecía como un árbol de alambre. Y entonces besaron la urgencia, ese pájaro pequeño que se posa en el borde de la taza y bebe apenas una gota antes de irse. Porque sí, ya lo sé: el poco tiempo es un gesto que aprendemos a hacer con las manos vacías, y aún así, aún así, nos sobra para contar las lunas de las uñas, para reírnos de ese reloj descompuesto que da las tres cuando ya es casi de noche. Aprovechemos, entonces, el poco tiempo: esta migaja de luz sobre el hombro, esta herida diminuta que llamamos ahora.

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