Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

EL CORAZÓN PARTIDO

Dicen que el corazón se rompe de una vez, con estruendo, como plato contra el suelo. Mentira. El corazón se rompe despacio, como se rompe el pan viejo: en silencio, en pedazos pequeños que uno recoge sin darse cuenta y guarda en los bolsillos del abrigo, pensando que todavía sirven para algo.

Yo tengo los bolsillos llenos.

Hay una fractura que aprendí a cargar verticalmente, como se carga un espejo roto: con cuidado de no ver demasiado. Hay otra que lleva el nombre de alguien y ya no recuerdo bien si es el nombre lo que duele o el hueco donde estuvo la voz. El dolor viejo no arde. Pesa. Se instala en el pecho como inquilino que nunca paga pero tampoco se va, y uno termina haciéndole un lugar en la mesa, sirviéndole café, acostumbrándose a su presencia como se acostumbra al ruido del tráfico: sin amarlo, pero sin poder imaginar el silencio.

Lo que nadie dice del corazón roto es que no impide nada. Sigue latiendo. Sigue queriendo. Sigue siendo estúpido y generoso y dispuesto, como perro que vuelve aunque lo hayan corrido. Eso es lo que más duele: que no aprende. Que sangra y vuelve a abrirse al primer temblor de luz, a la primera voz que suena parecida a aquella otra voz que uno lleva enterrada debajo de la clavícula izquierda.

Tener el corazón roto no es una condición. Es una forma de estar en el mundo. Una forma de mirar las cosas con demasiada atención: el vaso de agua sobre la mesa, la luz de la tarde, el sonido de alguien cerrando una puerta en otro cuarto y pensar, por un instante —solo por un instante— que es ella. Que vuelve. Que todavía.

El corazón roto no necesita cura. Necesita testigos. Alguien que sepa mirarlo sin decir que ya pasará, sin decir que el tiempo lo arreglará. Alguien que simplemente se siente y diga: sí. Ya veo. Trae mucho.

Y trae mucho.

Trae mucho.

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