No fue una tarde. Fueron todas las tardes. El café amargo de medianoche entre las mesas vacías, la lluvia que siempre empezaba a caer a la mitad de la película. Tú, tan lejos, tan cerca de tu propia indiferencia, favoreciendo la desgracia como quien abre una ventana y deja entrar el frío . ¿Y el amor? El amor se volvió esa cosa que hacemos con las manos, como quien enreda los dedos en los cabellos y no siente nada.
Pero el amor duele porque fue. Porque la vida se vuelve una arena sin orillas y yo sobreviví en la intemperie de tus medias palabras. No me dejaste opción: me guardé en el bolsillo un soplo de vida para regalarte y unos pocos odios para olvidarte . Entonces entendí que no hay estaciones para el amor, que el amor se estaciona y nos estaciona a nosotros, junto a la orilla del tiempo ido, pensando soñadoramente, mientras la muerte habita en el centro del corazón .
Me voy. No porque el amor se haya ido. Sino porque tú te fuiste antes, sin moverte, sin decirlo, convirtiendo mi ternura en una letra de tango para tu melodía indiferente.
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