Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

ME VOY

Ya lo sabía. Lo sabía desde el instante en que tus ojos se volvieron de vidrio y te miraste en ellos para no verme. El amor no es un río que se detiene, es una máquina de engranajes exactos que muele los días hasta convertir la caricia en costumbre y el deseo en espejo donde ya no nos reconocemos . Y yo, que fui tu imagen, me volví tu sombra .

No fue una tarde. Fueron todas las tardes. El café amargo de medianoche entre las mesas vacías, la lluvia que siempre empezaba a caer a la mitad de la película. Tú, tan lejos, tan cerca de tu propia indiferencia, favoreciendo la desgracia como quien abre una ventana y deja entrar el frío . ¿Y el amor? El amor se volvió esa cosa que hacemos con las manos, como quien enreda los dedos en los cabellos y no siente nada.

Pero el amor duele porque fue. Porque la vida se vuelve una arena sin orillas y yo sobreviví en la intemperie de tus medias palabras. No me dejaste opción: me guardé en el bolsillo un soplo de vida para regalarte y unos pocos odios para olvidarte . Entonces entendí que no hay estaciones para el amor, que el amor se estaciona y nos estaciona a nosotros, junto a la orilla del tiempo ido, pensando soñadoramente, mientras la muerte habita en el centro del corazón .

Me voy. No porque el amor se haya ido. Sino porque tú te fuiste antes, sin moverte, sin decirlo, convirtiendo mi ternura en una letra de tango para tu melodía indiferente. 

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