Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

DOMINGO A LA MAÑANA

Deberías venir un domingo a la mañana, tengo un par de libros que podrían gustarte, un pocillo lleno de café con piloncillo y un toque de canela, algo de fruta por si tienes hambre y las peores intenciones de conocer cada uno de tus suspiros. Hay un pequeño lugar en mi patio donde fácilmente caben dos, sé que no parece mucho pero podemos echarnos en el pasto a buscarle formas a las nubes, a escuchar los pajaritos cantar y darnos de besos mientras con nuestros latidos se arma el bailongo. Perderme en las carreteras de tus ojitos, sentir el sabor de un par de tus caricias suaves sobre mis mejillas, rozar nuestras narices como esquimales y sentir los mismos nervios que la quinceañera el día de su fiesta. Podemos dejar que llegue la tarde y acomodarnos en el viejo sillón de mi sala, recostarte sobre mis piernas y escuchar alguna de tus historias que nos hagan morir de risa, jugar con tu cabello y convencerte de que yo podría ser el bueno. Pienso que deberías venir un domingo a la mañana y dejar que pasen las horas, almorzar rico, dormirnos un rato, algo de cine en la cama, caguamas en la banqueta, ver el atardecer abrazados y, si quieres, hasta chilaquiles te preparo en la madrugada. 

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