Jamás hubo un accidente tan bonito como cuando se cruzaron tu mirada y la mía.

Y ELLA SABÍA

Y ella sabía lo subjetivo que era
el amor, que habían noches
dónde no había reproche,
también sabía que las lunas no
se ponen broches cuando le
lloran a las nubes, que no
existe murmullo que
escandalice más que el silencio
de una despedida a luz de una
cama tendida y sin deseos de
revolverse.

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