He colgado los hábitos del mundo. Ya no me duele el ruido de la ciudad ni la fatiga de los horarios ni el saludo de compromiso con vecinos que confunden mi nombre con el de un árbol. Vivo en una cueva que no sale en los mapas, a la que llego después de un sendero que solo yo conozco y que, sin embargo, nunca recorro sin pensar en tus pies descalzos sobre la tierra húmeda.
Aquí soy un hombre nuevo, dicen. Un asceta. Un iluminado. Mi dieta es de raíces y silencio, y he aprendido a leer el paso de las estaciones en el color de las piedras. Pero hay una disciplina que no logro imponer: la de no pensarte. Me siento a meditar y tu nombre se me sienta enfrente, como un gato que no ha sido invitado pero que ya conoce la casa. Respiro profundo —tres, cuatro, cinco segundos— y en el espacio entre una exhalación y otra se cuela tu risa, esa que nunca fue del todo para mí, y la cueva entera se llena de un eco que no es santo.
Los domingos, cuando bajo al pueblo a cambiar miel por sal, los lugareños me miran con respeto. Creen que he renunciado al mundo por amor a Dios. No los corrijo. Es más piadoso dejarles creer que mi soledad es sagrada y no el exilio voluntario de un hombre que un día te vio irte y decidió que el mundo, sin ti, era un lugar demasiado ruidoso para habitarlo con dignidad.
A veces, al atardecer, me siento en la entrada de la cueva y miro el camino. No espero a nadie, me digo. Pero mis ojos, esos traidores que ya no obedecen, escudriñan cada curva del sendero con la terquedad de un perro viejo que aguarda a un amo que no volverá. Y en ese instante, en ese último rayo de sol que se enreda en los helechos, juraría que huelo tu perfume, que escucho tu paso, que el mundo entero se ha equivocado y tú estás a punto de aparecer.
Entonces anochece. Y yo entro a mi cueva, cierro la puerta de madera que yo mismo tallé, y me tumbo en el catre de paja. Y ahí, en la oscuridad, sin testigos, sin mitología que me ampare, me quito la máscara de ermitaño y me quedo solo con lo único que nunca pude dejar atrás: este pensamiento tuyo que me habita como un pecado dulce, como una herejía que no pienso confesar.
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