No soy un ermitaño de desierto ni de montaña; soy un ermitaño de ciudad, de esos que se esconden a plena vista en el vagón del metro, en la fila del banco, en la mesa de un café donde nadie se atreve a preguntar si el asiento está ocupado. He perfeccionado el arte de la ausencia sin moverme de lugar: contesto con monosílabos, sonrío con la boca cerrada, llego tarde para irme temprano. La gente cree que soy discreto; en realidad, estoy practicando la desaparición selectiva.
A veces, en las noches de insomnio, me pregunto si este retiro fue una elección o una rendición. La respuesta depende del día: hay martes en que me siento un sabio que por fin ha entendido que la paz no se negocia, y hay jueves en que me descubro hablándole al refrigerador como si fuera un viejo amigo que todavía se acuerda de mí. La soledad tiene esos dobleces: te hace fuerte en público y tierno en privado, como un guerrero que llora en la ducha.
No voy a mentir: hay algo de soberbia en este encierro. Me gusta creer que soy el único que ha descifrado el secreto de que casi todo es prescindible. Me gusta mirar las reuniones ajenas desde mi ventana interior y pensar: qué ruido hacen los que todavía no saben que se puede estar en silencio. Pero luego llega una canción, una voz conocida, un mensaje que no esperaba, y el ermitaño se tambalea. Porque el silencio también es una casa que a veces se queda sin muebles.
Con el tiempo me he vuelto un ermitaño, sí. Pero no de esos que huyen del mundo para encontrarse con Dios, sino de los que huyen del ruido para encontrarse con un yo que ya no sabe muy bien qué hacer con la visita. Y en esta cueva de ecos y sombras, sigo esperando —sin decirlo en voz alta— que alguien toque la puerta con la paciencia suficiente para no irse al primer no contestado.
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