El amor intenso no es el que hace ruido. No es el incendio que todos miran desde la banqueta. Es el fuego bajito que dejamos prendido en la cocina para que nunca se enfríe la casa.
He entendido que lo profundo no es lo complicado. Lo profundo es lo que se queda. Tú te quedaste. Yo me quedé. Sin prometer eternidades en voz alta, sin juramentos de novela. Nos quedamos a hacer lo más difícil: permanecer.
Nuestro amor no tiene prisa. No compite con nadie. No necesita probarse. Es intenso porque es presente. Cuando me miras, no hay ayer ni mañana. Cuando te toco, el mundo por fin está en su sitio. No es que nos devoramos, es que nos habitamos. Tu risa vive en mi pecho, mi calma vive en tu cuello, tus manos conocen de memoria el camino a mi espalda.
Y si me preguntan qué es lo profundo, diré que es esto: seguir eligiéndote en lo ordinario. En el café de la mañana, en el desorden de la sala, en el cansancio, en la luz apagada. Amarte sin espectáculo, con la terquedad suave de quien sabe que ha encontrado su lugar y ya no quiere buscar más.
No es un amor para presumir. Es un amor para quedarse a vivir adentro.
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